Al terminar el año académico de la universidad mi cuerpo se llena de una sensación agridulce. Se terminan (por ahora) las malvadas pruebas integrales, las carreras para alcanzar la micro que no viene tan llena, los días de levantarse al alba con la BB, las maniobras mágicas para tener la plata para el pasaje de toda la semana y las tediosas noches a medio dormir/pololear estudiando para rendirle cuentas de conocimientos al profe de turno. Al pensar en esto me embarga una alegría y tranquilidad notables pensando en las noches llenas de cariñitos y las mañanas no tan mañanas para levantar a la BB a una hora en que no estará tan mal genio. Imagino los días en la casa, ordenando ropa, lavando loza, encerando y haciendo cosas de economía doméstica y me lleno de un sentimiento de paz y placer.
Ahora bien, cuando recuerdo que en un par de meses más tendré que volver a pisar el piedragógico de Playa Ancha con un montón de billetes azules, me vienen las naúseas, mareos y dolores de cabeza de rutina. “La matrícula, la famosa matrícula”. Cuando recuerdo que estudiar Pedagogía en Inglés cuesta, para mí, más de cien mil pesos pagados de una sola vez, me siento a la vez agradecida de estar cerca de ser profesora y enrabiada con la vida por no regalarme la plata todos los años como a la mayoría de mis compañeros y compañeras que tienen la suerte de dormir tranquilos y tranquilas sin pensar más que en las “vacaciones”. Algunos pueden pensar que soy una resentida y envidiosa, pero son libres de hacerlo una vez expresada mi opinión al respecto de este tópico.
Gracias a Alá tengo un papito que me quiere mucho y siempre me salva a última hora con alguna pega y buenos amigos que me pasan algunos billetes de Arturo Prat para aportar a la alcancía, y, luego de un horrible verano lleno de incertidumbre y pateadas de perra, puedo llegar triunfante a la caja de la universidad donde asaltan a mano no armada a tantos estudiantes cada año. Sé que hay muchas personas que no pueden siquiera pensar en pisar una universidad y se deben conformar con trabajar en algún lugar donde seguramente se aprovechan de ellos (como un call center de por ahí) y aspiran a ser algún día de la elite de jefes. También sé que hay muchas mujeres que por diversos motivos no pueden ni salir de su casa llena de trastos sucios y con niños y un marido a quienes atender. Por eso no me considero tampoco una desgraciada ni maldecida por los espíritus griegos, sino más bien veo que mi vida es algo “particular”. No sé si serán cosas del destino, del pasado, decisiones muy mal tomadas, el lugar donde nací, el contexto social donde me crié, el sueldo de mi papá cuando éramos chicos, o sólo la vida que había disponible cuando nací, pero me da tanta lata cuando miro para el lado y veo que a gente que no tiene ningún mérito se le dan las cosas tan en bandeja. “Cosas de la vida” suele decir la mayoría; me molesta ese sentido de indiferencia que tienen tantos hombres y mujeres de este lugar.
La matrícula, la famosa matrícula. Espero una vez más torcerle la mano al destino, a la vida o a los espíritus griegos que cada verano me recuerdan que no tengo la suerte de tantos y tantas estudiantes que tienen de todo y pueden salir a divertirse tranquilos sin pensar en tener que llevar la cuenta de la luz pagada y en apurarse a pagar el saldo anterior del agua para que no la corten. Al menos ya imagino el mérito y el orgullo que sentiré cuando reciba ese par de cartones con estampillas de Gabriela Mistral que me darán a su debido tiempo e imagino el eterno agradecimiento que tendré hacia las personas que tanto me han ayudado durante este periodo de mi vida, una extraña y particular vida que recién comienza.
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