jueves, 3 de febrero de 2011

La matrícula; pesadilla de todos los veranos.

Al terminar el año académico de la universidad mi cuerpo se llena de una sensación agridulce. Se terminan (por ahora) las malvadas pruebas integrales, las carreras para alcanzar la micro que no viene tan llena, los días de levantarse al alba con la BB, las maniobras mágicas para tener la plata para el pasaje de toda la semana y las tediosas noches a medio dormir/pololear estudiando para rendirle cuentas de conocimientos al profe de turno. Al pensar en esto me embarga una alegría y tranquilidad notables pensando en las noches llenas de cariñitos y las mañanas no tan mañanas para levantar a la BB a una hora en que no estará tan mal genio. Imagino los días en la casa, ordenando ropa, lavando loza, encerando y haciendo cosas de economía doméstica y me lleno de un sentimiento de paz y placer.

Ahora bien, cuando recuerdo que en un par de meses más tendré que volver a pisar el piedragógico de Playa Ancha con un montón de billetes azules, me vienen las naúseas, mareos y dolores de cabeza de rutina. “La matrícula, la famosa matrícula”. Cuando recuerdo que estudiar Pedagogía en Inglés cuesta, para mí, más de cien mil pesos pagados de una sola vez, me siento a la vez agradecida de estar cerca de ser profesora y enrabiada con la vida por no regalarme la plata todos los años como a la mayoría de mis compañeros y compañeras que tienen la suerte de dormir tranquilos y tranquilas sin pensar más que en las “vacaciones”. Algunos pueden pensar que soy una resentida y envidiosa, pero son libres de hacerlo una vez expresada mi opinión al respecto de este tópico.

Gracias a Alá tengo un papito que me quiere mucho y siempre me salva a última hora con alguna pega y buenos amigos que me pasan algunos billetes de Arturo Prat para aportar a la alcancía, y, luego de un horrible verano lleno de incertidumbre y pateadas de perra, puedo llegar triunfante a la caja de la universidad donde asaltan a mano no armada a tantos estudiantes cada año. Sé que hay muchas personas que no pueden siquiera pensar en pisar una universidad y se deben conformar con trabajar en algún lugar donde seguramente se aprovechan de ellos (como un call center de por ahí) y aspiran a ser algún día de la elite de jefes. También sé que hay muchas mujeres que por diversos motivos no pueden ni salir de su casa llena de trastos sucios y con niños y un marido a quienes atender. Por eso no me considero tampoco una desgraciada ni maldecida por los espíritus griegos, sino más bien veo que mi vida es algo “particular”. No sé si serán cosas del destino, del pasado, decisiones muy mal tomadas, el lugar donde nací, el contexto social donde me crié, el sueldo de mi papá cuando éramos chicos, o sólo la vida que había disponible cuando nací, pero me da tanta lata cuando miro para el lado y veo que a gente que no tiene ningún mérito se le dan las cosas tan en bandeja. “Cosas de la vida” suele decir la mayoría; me molesta ese sentido de indiferencia que tienen tantos hombres y mujeres de este lugar.

La matrícula, la famosa matrícula. Espero una vez más torcerle la mano al destino, a la vida o a los espíritus griegos que cada verano me recuerdan que no tengo la suerte de tantos y tantas estudiantes que tienen de todo y pueden salir a divertirse tranquilos sin pensar en tener que llevar la cuenta de la luz pagada y en apurarse a pagar el saldo anterior del agua para que no la corten. Al menos ya imagino el mérito y el orgullo que sentiré cuando reciba ese par de cartones con estampillas de Gabriela Mistral que me darán a su debido tiempo e imagino el eterno agradecimiento que tendré hacia las personas que tanto me han ayudado durante este periodo de mi vida, una extraña y particular vida que recién comienza.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Crecer sin papá.

Hoy fuimos a la plaza mis hijitas y yo. La Maylin jugaba en las máquinas para hacer ejercicios, esas que han puesto en varias plazas “remodeladas”. La BB jugaba con tierra y con una moto rota que insiste en conservar a pesar de que le falta una rueda. Se veían muy felices. Yo intentaba esconderme del sol al lado de un árbol, para no quemarme más de lo que ya se nota en mi piel. La plaza hace tiempo perdió su encanto para mí; el lugar que solía ser para pololear ahora es un espacio de niños bulliciosos y viejas copuchentas. Ahí estaba, pensando en cosas ridículas como lo hago usualmente y vigilando a que las niñas no fueran raptadas, miedo que mantengo no sé si para bien o para mal, cuando de repente escuché un “papá, papá, ¡mira lo que hago!” y divisé a una niña colgando de unos fierros y buscando la aprobación de su progenitor. Sumida en mis pensamientos ridículos, miré alrededor y ví escenas parecidas por varios lugares de la plaza. Pero ahí estaban la Maylin y la BB, jugando y sin buscar la aprobación de su “papá”, concepto ya confuso para la May y desconocido para la BB. Pensé en qué pensarán ellas al respecto, sobretodo la más grande, en si es mejor tener un padre ausente y misterioso en vez de uno presente pero emocionalmente dañino e inestable. Cuando reflexiono respecto al tema llego a la misma conclusión; mis hijas no serán las primeras ni las últimas mortales que crecerán sin su progenitor y probablemente este hecho no tenga repercusiones negativas en sus vidas. Lo más seguro es que se desarrollen bien, terminen el colegio, estudien algo que les interese y formen su vida aparte a una edad que ellas estimen conveniente. No creo que se transformen en delincuentes ni en personas flojas por la falta de un padre. Pero lo que sí creo es que más de una vez me culparán de no tenerlo al lado. Al final lo que importa es que por más que lo desee ellas no tienen ni tendrán un padre que les felicite por lo que hacen bien, que las rete cuando se manden embarradas. Su padre se ha ido y no volverá, para su bien o para su mal. Insisto en que es para bien. Nomás siempre me molesta pensar al respecto. Me molesta sentir a veces que “falta alguien”, porque ese “alguien” me molesta, es inmaduro y dañino, cambiante e inseguro; lo quiero lejos de mí y mis hijitas. Una vez mi mamá me dijo “padres hay muchos, pero madre una sola”. Estaba equivocada. Mis hijas no tienen padre. No tienen más papá que ese personaje que de repente llama. Y nunca lo tendrán. Al menos madre tienen y una muy completa por lo demás. Sólo espero con eso les baste y no sientan que “alguien falta”, porque pucha que es molesto pasarse tardes en la plaza viendo como los demás niños sí tienen un padre cool que está ahí siempre, todos los días, sonriéndoles, sacando a pasear, comprando un helado, abrazando. El futuro dirá qué es mejor. Sólo espero no estar equivocada.

martes, 28 de septiembre de 2010

¿Vida humana o animal?

Hay veces que quisiera ser un animal. Como una gatita, por ejemplo; siempre me han gustado los gatos. O un lobo, pero de esos lobos que viven en los bosques celtas, rodeados de mitos y sonidos que relajan los sentidos. Quizás la vida de los animales es más sencilla, más significativa, menos efímera. Al dejar una manada, por ejemplo, si bien queda alguien más a cargo, hay reglas que impuso el anterior líder que todavía se respetan. Quizás los animales, al tener que sobrevivir, no tienen las preocupaciones de tener que vivir por algo, de tener que dejar un legado, de tener la responsabilidad de hacerle sentido a su existencia. Para qué hablar de los aspectos sociales; un animal no necesita agradar a otros, no busca aceptación a menos que sea en términos de supervivencia y apareamiento, no requiere de la constante atención de otros de su especie para recordar que su vida es, que su vida es suya, que vive.
Reconozco que al ser humana me es más fácil disimular esto, el gusto por compartir, lo notable del reconocimiento y lo agradable que es que me recuerden que mi vida es, que mi vida es mía, que vivo. Creo que mi sentido de supervivencia está un poco trastornado, pero no se apaga. Al menos el ser una humana me obliga a ser responsable de mis actos, que tenga cuidado con mis decisiones y que recuerde que debo vivir para dejar algún vestigio, por más efímero que sea, de que alguna vez existió una mujer que deseaba a veces ser una gatita o un lobo, pero que a pesar de eso, era una persona agradable, amistosa, usualmente extraña, pero que valoraba las cosas esenciales de la vida humana; vida que permite disfrutar de éstas, al fin y al cabo.

lunes, 30 de agosto de 2010

No prestar atención a tonteras

Es extraño, pero a veces estás muy contento/a y otras muy triste. Aparentemente no hay razón para sentir así. Aparentemente. Alguna vez me dijeron por ahí que los sentimientos surgen de algún estímulo en particular. Quizás tu inconciente recordó algo, o viste algún objeto que produjo una reacción dentro de ti. Sea lo que fuere, los sentimientos surgen y te embargan. En ese momento no sabes explicarlo, pero llega un segundo en que piensas “o busco la razón para buscar una solución o espero a que se me pase”. Si bien la segunda opción es la más cómoda, es más tediosa. El tiempo es engañoso; no te das cuenta cómo pasan los días y sigues así. Ahora, buscar la razón de tu sentir es complicado, pero se puede. Puedes pensar mejor si estás solo/a. Incluso puedes salir a caminar (a veces no te das cuenta de cuánto caminas hasta que estás muy cansado/a). Así, reflexiona al respecto, tómate un tiempo contigo mismo/a, respira y observa algunas cosas en el camino. Ten paciencia, y cuidado de lo que pienses. Los pensamientos a veces son traicioneros y no necesariamente te ayudan. Luego que has recapacitado, confía en alguien, alguien a quien quieras mucho, incluso una mascota. Convérsale y abrázale. El contacto con otros puede ser muy reconfortante. No olvides que te quieren y que para alguien eres importante. Paciencia, todo pasará, todo en algún momento pasa. Y miras hacia atrás y descubres que eres más fuerte y has aprendido algo importante; todavía hay circo y sólo hay que sonreír y disfrutar de la función.

viernes, 27 de agosto de 2010

Los deseos de la carne desafían al corazón, pero ambos son cómplices.

Si sabes amar, sabes hacer el amor. Cuando alguien ridículo te venda la pomada con que “el sexo es sucio” no prestes atención. Si el ser humano tiene receptores de placer, sólo debe buscarlos. Cuando los encuentres, descubrirás que por algo están ahí.
Deja que te sonrían, deja que te quieran, deja que te amen. Si no le estás haciendo daño a nadie, sonríe y disfruta de la sonrisa del otro. El amor no necesariamente conlleva sufrimiento; eso lo creas tú o el otro, a veces sin darse cuenta, pero la clave es esquivarlo y seguir sonriendo.
¿Sabías que al besar a alguien en los labios se activan las endorfinas en tu cerebro?
¿Sabías que al sonreír de verdad secretas “enzimas de felicidad” que te hacen más bello/a?
Ama, sonríe, toca, siente. El momento mágico del amor es ese. Amar, sonreír, tocar y sentir. El instante en que sólo existen 2 personas en el mundo y se envuelven en una atmósfera de amor, preocupación, cariño, magia. No necesitas comprar ropa de marca para amar. No necesitas salir a pasear para amar. No necesitas regalar costosos objetos para amar. No necesitas poseer un auto, una propiedad para amar. Sólo estás tú y la persona que amas. Ámala y dile que lo haces. Dale cariño y regálale una sonrisa diaria. Bésale la cara y acaríciale el pelo. Recuérdale que es la persona más linda del mundo.
Ama, antes que el olvido pase por ti y ya no seas más que una cifra en algún registro de nacimientos.